Por: Ana Cárdenas – Psicóloga ATS
Diez segundos bajo la piel. Ese es el breve peaje que Hache cobra por la tranquilidad. Es lo que tarda el viaje: la sustancia entrando con el bisel de la aguja hasta disolverse en el torrente del cuerpo. Justamente, en un rincón de CAMBIE es el intervalo de aquellos que buscan cruzar la frontera física entre el alivio y el de la psique hacia una dimensión de adormecimiento.
Quien entra por las puertas de CAMBIE no busca una declaración política ni una estadística: busca un espacio donde la aguja no signifique persecución, aislamiento o violencia. Hay quienes van por un tinto caliente, unas galletas con mermelada y el «–Hola, mamá–», la forma habitual de saludar a Beatriz García, enfermera quien cuenta con 12 años de experiencia en reducción de daños especializada en personas que se inyectan drogas. Vinculada a cambie desde 2014.
En esa intimidad apretada entre los cubículos y el vaivén de la gente, se inicia la rutina: preparar la sustancia, buscar la vena y dejar que inicie el viaje bajo la piel. Un viaje cotidiano y a veces monótono que persigue el placer; el placer casi ritual de observar cómo el metal atraviesa la carne, la sangre bombea hacia la jeringa y el líquido entra de golpe. Una rutina entre el disgusto y gusto por el Hache. Una forma de calmar el «mono» o, simplemente, de apagar el dolor de una vida llena de memorias sin voz y, a veces intencionalmente, sin rostro.
Afuera, el discurso público se divide entre el estigma y la moral del consumo; adentro, la vida se siente en el sonido de una jeringa vaciándose, el jadeo de placer o alivio, la euforia y mezclado con la incertidumbre de que en cualquier instante las cosas pueden salirse de control. Quienes observamos desde afuera permanecemos atentos ante cambios que no anuncian su llegada… Los chutes vienen y van sin descanso, las horas pasan en el reloj sin previo aviso. Cualquier cosa puede salir mal en un parpadeo: El hache hace de las suyas por un cambio en la merca, por un aumento en la dosis o por una tolerancia perdida en la que la mente, ante sus ansias de volver a sentir, hace una mala jugada. Su llegada es silenciosa, pero ocurre bajo muchos ojos atentos.
—Siempre estamos pendientes —me dice Bety, la enfermera y “madre” a cargo del espacio—. Se ponen cianóticos y uno los llama por el nombre. Si no reaccionan, nos acercamos y hacemos estímulo de dolor. Si la saturación baja de 80, les colocamos oxígeno y seguimos intentando. También aplicamos la Naloxona y con la segunda dosis, sacamos a la persona. Uno de los compañeros llama al 123, pero la ambulancia nunca llega; a veces quien termina ayudando es la policía. —
La sobredosis: una palabra cotidiana para unos, temida para otros. En esos momentos cruciales donde cada segundo cuenta, la rutina y la temple de quienes atienden el espacio se vuelven la última línea de defensa. Todos saben qué hacer. Incluso quienes nunca habían experimentado ese frío repentino en el ambiente, la aceleración del corazón, las reacciones rápidas y la sensación de vacío (o susto) al ver cómo, en cuestión de segundos, la vida se revela como un hilo efímero y delicado.
—Es una adrenalina fuerte —me dice Bety con la serenidad de quien ha estado ahí varias veces —. Lo único que uno piensa es: «No se me puede morir». Es doloroso. Pero ellos son muy agradecidos cuando les salvamos la vida. Ellos son mis niños. Para mí, son muy importantes. —
—Para quien está al otro lado de la historia, la sobredosis cuenta algo diferente: no se actúa ni se reacciona, la percepción se suspende y llega la oscuridad. A veces no hay dolor, angustia ni túneles de luz; hay solo una desconexión limpia. En otras ocasiones, en cambio, el cuerpo avisa: una palpitación más rápida de lo normal, náuseas que se despiertan de golpe y la urgencia de aferrarse a cualquier objeto para sostenerse mientras, de repente, la nada. La experiencia es ese intervalo entre la sensación de irse, la pérdida total de la realidad y la bocanada de aire violenta causada por la naloxona.
En CAMBIE conocí a Jay. Tiene 33 años, artista y usuario recurrente del espacio. Con él compartí varias conversaciones sobre su día, su historia de vida y los caminos que lo habían llevado hasta allí. Siempre me despertó curiosidad su elocuencia y su inteligencia al intercambiar palabras. A veces eran momentos breves, silenciados cuando el «mono» aparecía, generando caos en muchos de ellos e impidiendo tan siquiera el saludo; otras veces, en cambio, lográbamos charlar de historias curiosas sobre Bogotá, sus aventuras y su arte.
Su relación con las sustancias inició desde una edad temprana, con una historia marcada por experiencias variadas y dolorosas, amores que hirieron el alma y una búsqueda de diversas sensaciones. Cuando le pregunté por su experiencias, me relataba con gran detalle y a veces, en su voz, lograba acercarme a su emoción.
— Inyectado se siente cuando recorre las venas y sube a tu corazón, sientes la primera contracción y es muy loco. Cuando se usa el agua fría, se siente aún más. — Nos cuenta a Felipe y a mi con emoción al recordar su primeras veces usando el hache.
— La adrenalina me gusta resto. El basuco es adrenalina y la heroína es placer. El cuerpo me pide sustancias. He tenido cuatro sobredosis y es la misma mierda cuando uno se desmaya. Uno se desinhibe, uno ni se acuerda, o sea, más o menos. He estado solo y gracias a dios alguien pasa y me llevan al hospital. Empiezo con el mareo, cogiendome todo y espere, espere, respire, severo viaje y como que se me fue la mano y hm, pierdo la consciencia. —
Cuando le pregunto un poco más sobre cómo llegó el Hache a su vida, me cuenta un poco: — La heroína llega por ella. Me ofrecieron un pase y estaba con ella. Plum, se echó el primero y me ofrecen a mi y bueno, todos en la cama o todos en el piso. Empecé a sentir mareo y embombe después de fumarla..Todo era más uf. No sentí una diferencia notable entre fumar e inyectarme. Todo comenzó aún más con la tristeza y la soledad. Yo sentía que ella no me amaba y quería que se alejará de mí. No entendía su forma de amarme. Yo podía decir no más pero mi mente se llenaba de excusas… Era como un escape y terminé metido así mucho. Recaía con el basuco y cuando consumes ambas, es como que fumas, te inyectas y se te baja el embale. Sigues tu vida normal. —
La muerte entre habitantes de las calles y entre ellos, usuarios de Cambié, deja de ser una experiencia lejana y está mucho más presente que vivir. Surtidos de estrategias de sobrevivencia en un camino lleno de trampras y obstáculos.
Este cambio es para que se refleje que no es en Cambié donde la muerte de un usuario es un tema casi cotidiano, sino que es propio de la condición de habitar la calle.
Al escuchar las historias de quienes no volvieron, también se escucha el peso del duelo ante la pérdida: las miradas vacías, las voces monótonas resignadas a la cotidianidad de una muerte que llega sin avisar cuándo, dónde ni a quién. Pero a veces, en medio de ese conformismo forzado, emergen los relatos de cómo entre ellos mismos lograron salvarse en la calle. Cuentan con emoción cómo, al aplicar la naloxona, vieron al compañero volver a respirar con violencia y ponerse de pie en esos segundos donde se disputa entre la vida y la muerte.
Conmemorar el día Internacional de la Concienciación sobre la Sobredosis es un ejercicio de recordar los rostros de aquellos que no tuvieron la suerte de cruzar las puertas de un espacio como CAMBIE; es recordar que cada muerte por sobredosis en la clandestinidad puede ser una muerte evitable.
Diez segundos bajo la piel puede ser la entrada a una dimensión que atrapa cuerpo y mente y así mismo, ser la margen para el regreso.
El golpe no está en irse, sino en el impacto violento de ser traído de vuelta.
O… simplemente, no volver.





