Durante varios meses, Acción Técnica Social y el Ministerio de Igualdad y Equidad recorrieron seis ciudades y trabajaron junto a quince barras populares de Colombia para demostrar que la reducción de riesgos y daños también puede hablar el lenguaje del fútbol. Lo hicieron a través de 90 acciones territoriales, entre procesos de formación e intervenciones de Servicios de Análisis de Sustancias, llegando a 1.038 barristas y construyendo, con 695 caracterizaciones, uno de los diagnósticos más importantes sobre consumo de sustancias, salud mental y percepción del riesgo en organizaciones barristas del país. Esta es la historia de un proyecto que llegó para hablar de sustancias y terminó encontrando algo mucho más grande: una forma distinta de cuidar la vida. Pero este fue apenas el primer tiempo. De las 40 barras priorizadas por el Ministerio, aún quedan 25 por recorrer. El siguiente desafío será llevar esta experiencia a nuevos territorios y consolidar una Red Nacional de Reducción de Riesgos y Daños en Barras Populares, porque el cuidado también merece jugar en todas las tribunas.
Por Gina Díaz Lemus
Coordinadora de “Dosis de Pasión”
Hay partidos que duran noventa minutos.
Y hay otros que empiezan mucho antes de que ruede el balón. Empiezan cuando un parche se encuentra para preparar un viaje de doce horas en bus. Cuando alguien termina de pintar un trapo que ocupará media tribuna. Cuando una madre o un padre despiden a su hijo o a su hija con el mismo miedo de siempre porque saben que viaja con la barra. Cuando alguien afina el bombo, otra persona organiza las banderas y cientos de barristas se preparan para defender unos colores que sienten tan propios como su apellido.
Desde otras tribunas casi siempre vemos una historia distinta.
Las barras aparecen en los noticieros cuando hay disturbios, enfrentamientos o violencia. Se habla de consumo de sustancias, de vandalismo, de inseguridad. Casi nunca se habla de organización, de solidaridad, de las redes de apoyo que sostienen a muchas personas cuando la vida se pone cuesta arriba. Casi nunca se habla de las mujeres que han conquistado un lugar en las tribunas, de las personas diversas que encontraron allí una familia o de quienes hacen del fútbol una manera de existir y de construir comunidad.
Durante años se han mirado a las barras desde lejos.
Nosotros decidimos hacer algo diferente.
Entrar.
Escuchar.
Viajar.
Compartir el parche.
Y preguntarnos qué ocurría cuando, en lugar de hablar sobre las barras, hablábamos con ellas.
Así nació Dosis de Pasión, una apuesta impulsada por la Dirección de Barrismo Social del Ministerio de Igualdad y Equidad junto al proyecto Échele Cabeza de la Corporación Acción Técnica Social para promover la reducción de riesgos y daños en consumo de drogas, el cuidado colectivo y la salud mental en las barras populares del fútbol colombiano.
Para Acción Técnica Social este proyecto representó un giro de ciento ochenta grados.
Durante casi dos décadas hemos acompañado principalmente a personas que consumen sustancias psicoactivas, una población que históricamente ha cargado el peso del estigma, la criminalización y la persecución.
Pero esta vez el desafío era diferente.
Aquí muchas personas cargaban dos y hasta más estigmas al mismo tiempo. Pero principalmente; el de consumir y el de ser barristas.
Sabíamos que hablar de reducción de riesgos y daños en consumo de drogas al interior de las barras era importante. Pero muy pronto descubrimos que, antes de hablar de las tipologías de drogas, sus características y sus riesgos teníamos que comprender qué significa ponerse una camiseta, recorrer medio país por noventa minutos de fútbol, cantar hasta quedarse sin voz y encontrar en una tribuna un lugar donde sentirse parte de algo más grande que uno mismo.
Entonces comenzó el verdadero campeonato.
Bogotá nos abrió las puertas de Comandos Azules, Blue Rain, Nación Verdolaga, La Guardia Albi Roja y Disturbio Rojo.
En Medellín nos encontramos con Rexixtenxia Norte, Chatarrerox y La Más Fiel.
En Cali compartimos con el Frente Radical Verdiblanco y Barón Rojo Sur.
En Manizales nos recibió Holocausto Norte y Brigada Once.
En Pereira nos abrazó Lobo Sur.
Y en Armenia caminamos junto a Artillería Verde Sur.
Seis ciudades.
Quince barras.
Cientos de kilómetros recorridos.
Miles de historias.
Y una certeza que apareció casi desde el primer encuentro: detrás de cada bandera había personas esperando ser escuchadas.
Nos sentamos en las tribunas.
Compartimos carreteras interminables.
Escuchamos historias de infancia, de barrio, de pérdidas, de amistades que nacieron siguiendo un escudo y de familias que también se construyen alrededor del fútbol.
Conocimos mujeres que todos los fines de semana luchan por abrirse espacio en escenarios históricamente masculinizados. Conversamos sobre las formas en que aprendimos a ser hombres, sobre el peso del aguante, sobre la dificultad para hablar del miedo, de la tristeza o del dolor sin sentir que eso resta fuerza. Y entendimos algo que transformó por completo nuestra manera de mirar este proyecto.
El consumo de sustancias sí importaba.
Claro que importaba.
Por eso existe la reducción de riesgos y daños.
Lo que este recorrido confirmó fue que reducir riesgos nunca empieza por las sustancias. Empieza por las personas y sus contextos.
Porque reducir riesgos nunca fue solamente hablar de alcohol, cannabis, cocaína o tusi, de cantidades y de vías de administración. Era hablar del compañero o la compañera que mezcla alcohol con benzos sin conocer los riesgos. Del amigo o la amiga que consume y merece información para hacerlo de la manera más segura posible. Del barrista que no duerme antes de un viaje. De quien carga una tristeza que nunca ha podido nombrar. De quien necesita saber qué hacer cuando otra persona presenta una emergencia. De quien entiende que cuidar al parche también hace parte del aguante.
Y fue allí donde reflexionamos, una vez más, que la reducción de riesgos y daños nunca ha sido una receta sobre cómo consumir ni un listado de prohibiciones. Es una forma de relacionarse. De ofrecer información sin juzgar, reconocer los contextos, fortalecer capacidades y acompañar a las personas en las decisiones que toman sobre sus cuerpos y sus vidas. Porque gestionar los riesgos también significa comprender el placer, los vínculos, las emociones y las circunstancias que atraviesan cada experiencia. En una tribuna, como en cualquier otro escenario, reducir riesgos también es una manera de cuidar la vida.
Confirmamos lo que aún a muchas entidades y enfoques les cuesta entender; que va mucho más con la confianza que con la persecución.
Mucho más con la conversación que con el castigo.
Durante varios meses desarrollamos 45 procesos de formación en sus espacios y en sus horarios y 45 intervenciones territoriales de Servicios de Análisis donde estuvimos en las previas. Construimos una estrategia de comunicación pensada desde el lenguaje futboleras de las barras y recorrimos seis ciudades escuchando a 1.038 participantes, de los cuales 695 respondieron una de las caracterizaciones más importantes, la única que hoy existe sobre consumo de sustancias, salud mental y percepción del riesgo en organizaciones barristas de Colombia.
Pero las cifras, aunque necesarias, jamás alcanzarán a contar lo que realmente ocurrió.
No cuentan los abrazos entre personas de barras rivales.
No cuentan las conversaciones que siguieron cuando terminaba cada sesión y ya nadie quería irse. No cuentan los silencios de quienes por primera vez hablaron de salud mental y suicidio. No cuentan las veces que alguien nos dijo:
“Gracias por venir a escucharnos y no a juzgarnos.”
Y hubo algo más.
Sería injusto decir que este viaje solo transformó a las barras.
También nos transformó a nosotros como corporación.
Para Acción Técnica Social y para cada integrante del equipo facilitador, este proceso tuvo la emoción de quien llega por primera vez a un Mundial.
Durante meses pensamos la alineación, discutimos la estrategia además de construir y probar las metodologías. Pero, sobre todo, tuvimos que aprender a jugar de visitantes en una cancha distinta.
Durante casi dos décadas habíamos desarrollado procesos de reducción de riesgos y daños principalmente en escenarios de fiesta, festivales y otros espacios de ocio nocturno. Dosis de Pasión nos llevó a otros territorios, otros códigos y otras formas de construir comunidad. Nos invitó a preguntarnos cómo hablar de reducción de riesgos y daños en un escenario donde casi siempre había llegado primero el prejuicio y cómo hacer que nuestras herramientas dialogaran con una cultura que ya tenía sus propios lenguajes, rituales y formas de cuidarse. Éramos, de alguna manera, un cuerpo técnico debutando en un campeonato que nadie había jugado antes. Y cuando sonó el pitazo inicial descubrimos que quienes más íbamos a aprender éramos nosotros.
Aprendimos que hacer reducción de riesgos y daños también implica saber llegar, escuchar antes de intervenir y reconocer que cada comunidad tiene conocimientos y estrategias propias para cuidar de sí misma.
Aprendimos que el cuidado también se canta.
Que la salud mental comunitaria también puede entrar por una tribuna.
Que una conversación honesta puede educar y generar más conciencia que un discurso. Que el aguante y el rigor hacen parte de la cultura y también puede significar cuidar a quien está al lado. Y que las barras tienen mucho que enseñarle al país sobre organización, identidad y sentido de comunidad.
Quizá por eso, cuando el recorrido terminó, sentimos que todavía faltaba algo.
Todo ese aprendizaje no podía quedarse únicamente en nuestra memoria ni en la de las personas que participaron.
Tenía que seguir viajando.
Así nació “Entre goles y decisiones”, la primer guía de herramientas prácticas para la reducción de daños en consumo de sustancias psicoactivas y el cuidado en las barras de fútbol en el país. No como un manual escrito entre cuatro paredes. Sino como una guía nacida de cientos de conversaciones, de kilómetros recorridos, de bombos, de trapos, de canchas, de abrazos, de preguntas difíciles y de la convicción de que cuidar la vida también se aprende colectivamente. Es una invitación para que otras barras, otras instituciones y otros territorios no tengan que empezar desde cero. Para que las conversaciones que logramos abrir sigan encontrando nuevas tribunas y estadios.
Porque este fue apenas nuestro primer campeonato.
Nos estrenamos con esta camiseta.
Y no pensamos quitárnosla.
Todavía quedan muchas canchas y tribunas por recorrer.
Muchas conversaciones por abrir.
Muchas personas por escuchar.
Queremos meterle una goleada a la indiferencia.
Ganarle por amplio marcador a la violencia.
Sacar de la cancha a la discriminación.
Porque descubrimos que el verdadero clásico no se juega entre dos equipos. Se juega todos los días entre el estigma y el cuidado. Y nosotros ya elegimos de qué lado de la cancha queremos estar.
Este partido, por fortuna, apenas va comenzando.





